viernes, 30 de enero de 2009

La fibromialgia no es una enfermedad psicológica

Si esto es verdad mucha gente tendrá que tragarse sus palabras (entre ellos yo). Como dijo un neurologo, tarde o temprano se descubrirá que todas las enfermedades mentales son orgánicas... aunque siempre nos necesitaran cuando no sepan que hacer con su sufrimiento, eso seguro.

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La fibromialgia no es una enfermedad psicológica

La fibromialgia, una enfermedad que causa dolor intenso y generalizado en los músculos y tendones, no es una dolencia psicológica consecuencia de un cuadro de depresión o ansiedad, como muchos expertos creían, sino que tiene un origen orgánico, según un estudio que ha hecho público el Hospital del Mar de Barcelona.

La investigación, realizada conjuntamente con el Instituto Municipal de Investigación Médica (IMIM) y financiada por el Ministerio de Sanidad y Consumo, muestra que los pacientes de fibromialgia presentan lesiones musculares e inflamación local en las zonas afectadas, especialmente en los momentos de aparición o empeoramiento de una crisis.

Hasta ahora ninguna prueba diagnóstica había detectado evidencias físicas del dolor que sienten los pacientes, lo que había llevado a pensar que se trataba de una enfermedad psicosomática (sufrimiento físico causado por sufrimiento psíquico).

La investigación, comenzada en 2006, estudió diferentes variables de daño tisular (daño en los tejidos) como moléculas inflamatorias, estrés oxidativo y moléculas ligadas a la reparación del músculo. En los pacientes de fibromialgia se encontró una presencia baja de la molécula inflamatoria TNF-alfa, encargada de reparar la estructura muscular.

Los resultados fueron presentados en octubre de 2008 en el congreso anual 'American College of Rheumathology'. A pesar de ello, el equipo de investigadores no han dado el estudio por finalizado y continuará trabajando en él.

Aunque la investigación se encuentra en una fase muy prematura, el descubrimiento abre nuevas vías terapéuticas. La fibromialgia afecta a un tres por ciento de la población, especialmente a las mujeres de entre 20 y 50 años

Fuente: Psiquiatria.com

Gente que se ocupó de la psicología antes que los psi-profesionales actuales: Hoy M. Bakunin


"El hombre, en tanto que individuo animal, como los animales de todas las otras especies, desde el principio y desde que comienza a respirar, tiene el sentimiento inmediato de su existencia individual; pero no adquiere la conciencia reflexiva de si, conciencia que constituye propiamente su personalidad, más que por medio de la inteligencia, y por consiguiente sólo en la sociedad. Vuestra personalidad más íntima, la conciencia que tenéis de vosotros mismos en vuestro fuero interno, no es en cierto modo más que el reflejo de vuestra propia imagen, repercutida y enviada de nuevo como por otros tantos espejos por la conciencia tanto colectiva como individual de todos los seres humanos que componen vuestro mundo social. Cada hombre que conocéis y con el cual os halláis en relaciones, sean directas sean indirectas, determina más o menos vuestro ser más íntimo, contribuye a haceros lo que sois, a constituir vuestra personalidad. Por consiguiente, si estáis rodeados de esclavos, aunque seáis su amo, no dejáis de ser un esclavo, pues la conciencia de los esclavos no puede enviaros sino vuestra imagen envilecida. La imbecilidad de todos os imbeciliza, mientras que la inteligencia de todos os ilumina, os eleva; los vicios de vuestro medio social son vuestros vicios y no podríais ser hombres realmente libres sin estar rodeados de hombres igualmente libres, pues la existencia de un solo esclavo basta para aminorar vuestra libertad. En la inmortal declaración de los derechos del hombre, hecha por la Convención nacional, encontramos expresada claramente esa verdad sublime, que la esclavitud de un solo ser humano es la esclavitud de todos."

miércoles, 28 de enero de 2009

Soy ATEstO




He aquí un psicólogo que no cree en los test, que no tiene fé en lo que tantos compañeros han creído. Si bien habría de decir más bien un psicoterapeuta "atesto".


Los test son al psikoloko lo que las pastillas al psikiatra, símbolos del misterio que hace posible la cura médica. Pero a mi la curiosidad me puede, la curiosidad por el misterio de quién tengo delante. Por supuesto que algo de curiosidad morbosa hay (mi camino a la santidad quedó interrumpida prácticamente al principio del camino), pero también a veces creo que me viene la curiosidad real de conocer lo que le duele, lo que le hace disfrutar, lo que le aburre a quién tengo delante. Y EN SUS PROPIAS PALABRAS, EN SUS PROPIOS TÉRMINOS. No en los del consenso de los "maestros de nührenberg de la APA".
Hay alguno que tienen "mucha cobarditis", otro "falta de templanza",...que gusto encontrarse con el mundo del otro que nace de nuestra madre biológico cultural común, pero en su propia voz, en su propia mano, en su propio gesto.
Que sí, que seré "atesto", pero me reconozco bastante psikomístico. Fijaos que yo también creo en algo, p.e. en la rejilla de Kelly:).

domingo, 25 de enero de 2009

Recomendación de película: Revolutionary Road. Todo un despliegue de psicopatología


Una pelicula sobre deseos desbocados, confusión y locura...como la vida misma, vamos.

lunes, 19 de enero de 2009

Salud Mental Comunitaria

Os pongo un enlace a un documental de la UNED, emitido en La 2 el dia 16 de Enero, que explica de manera muy sencilla en qué consiste la Salud Mental Comunitaria, con sus problemas y expectativas.

http://www.rtve.es/alacarta/la2/abecedario/U.html#383457

sábado, 17 de enero de 2009

¿Y si pudiera saber si su hijo va a ser autista?


Leo en "The Guardian" el siguiente titular: New research brings autism screening closer to reality . Antes de dar mi opinión, os pongo un resumen del artículo:
Un grupo de investigación de la Universidad de Cambridge, dirigido por Simon Baron-Cohen, ha descubierto que los rasgos autistas de un grupo de niños que han seguido durante ocho años están relacionados con altos niveles de testosterona en el útero materno. Esto, segun los autores puede hacer que, con tiempo e investigación, se puedan detectar de forma temprana las futuras características autistas del niño mediante una amniocentesis, dando la opción de, por ejemplo, terminar con el embarazo. Esta posibilidad a llevado a los principales expertos sobre el tema a iniciar un debate social sobre las posibles consecuencias de un diagnóstico prenatal de algo tan heterogéneo como un trastorno del espectro autista.
El director del grupo de investigación ha lanzado, entre otras, las siguientes preguntas: "Si llegara a haber un test prenatal para el autismo ¿sería deseable? ¿Qué perderíamos si los niños con trastornos del espectro autista fueran eliminados de la población?" ("If there was a prenatal test for autism, would this be desirable? What would we lose if children with autistic spectrum disorder were eliminated from the population?").
Padres con niños con trastornos del espectro autistas han levantado la voz para mostrar su oposición, ya que consideran que el autismo puede empezar a considerarse como algo negativo
(Charlotte Moore, madre de niño con autismo: "My worry is that having an autistic child will become a bad thing" ).
En cuanto a las aplicaciones de este test, se habla de que puede realizar un hipotético tratamiento prenatal mediante medicamentos que bloqueen la testosterona, de la ayuda que puede suponer para la preparación de los padres para el hecho de tener un hijo con autismo o, llevado al extremo, provocar que los padres decidan terminar con el embarazo.

Más allá de lo rápido que han podido ir los redactores de "The Guardian" o el propio Profesor Baron-Cohen en las conclusiones de este estudio (varios expertos han criticado la metodología del estudio, como señalan en TIME), el artículo y el autor se sitúan en esa emocionante (e inquietante) área en la que se solapan la ciencia y la ética. Podemos hacernos varias preguntas:

1. ¿Qué es el autismo? ¿Es una enfermedad que se puede curar, o es una forma diferente de ser?

2. Si (como creo yo) no hay una respuesta fácil para esa pregunta, y la dicotomía enfermedad - forma de ser no es tal, sino que es un continuo en el que a ver quién es el guapo que pone el punto de corte, ¿es ético "acabar" con el autismo o, sin eufemismos, con los futuros autistas?

3. Como profesionales ¿nos gustaría dar la opción a los padres de niños que van a nacer autistas de terminar con el embarazo porque su hijo no va a ser "normal"?

4. Como padres ¿nos sentiríamos capaces de acabar con un embarazo al saber que el niño va a ser autista, sabiendo lo heterogéneo que es ese grupo de trastornos?

Lanzo todas esas preguntas, y añado mis respuestas.

1. Creo que ya está contestada. Para los que trabajamos todos los días con pacientes, la incógnita de si lo que estamos "tratando" es una forma de ser que es poco apropiada o molesta para no sé muy bien quién, está a la orden del día, y vamos lidiando con ella día a día, unas veces con más facilidad, y otras con menos.

2. Pregunta realmente complicada ya que un autista en el entrono apropiado no sufre, no está enfermo. Además, hay autistas con cualidades extraordinarias, como los llamados Savants. Y aunque no tuvieran estas características tan especiales o tan "útiles" ¿quién soy yo o quién es nadie para decidir qué es apropiado y merece vivir?

3. Sinceramente, me compadezco de los ginecólogos. Yo no podría.

4. No tengo ni idea. Es muy fácil decir que no tendría ningún problema en tener un hijo autista, pero a estas preguntas hay que responder en mitad de la batalla, no desde sentado tecleando en un ordenador.


Así pues. ¿Qué opináis?



Este artículo también se puede leer en mi blog, El oscuro encanto de la libertad. Muchas gracias a Álvaro y demás creadores de este blog por dejarme participar.

viernes, 16 de enero de 2009

Mensaje de Torrente a sus lectores



El autor de esta novela se dirige a ti lector, para rogarte que al empezar a leer, te olvides de tí mismo en la medida de lo posible, y te dispongas a vivir en otra realidad y a ser transitoriamente otro/s personajes, los que por aquí desfilan, aunque no en la misma medida, pues unos te serán simpáticos y otros no. A todos sin embargo, debes comprenderlos. Para eso, para que los revivas los inventó el autor, quien se considerará feliz si habiéndote sacado de tí mismo, te devuelve a tí mismo más enriquecido y más seguro de tu propia realidad.

LAS PALABRAS Y LOS AFECTOS (Una visión del psicoanálisis)



“Todas las neurosis son conflictos de la libertad”
(Henry Ey, 1976)

Ahora dedicaré un apartado a desarrollar una mínima parte de la obra del fundador de la primera técnica psicoterápica formalizada y uno de los que, a mi entender, más honradamente pretendió indagar en la naturaleza de lo que somos. Pretendemos internarnos en las reglas de lo psíquico dando cuenta de cómo construimos nuestro ser en el mundo a partir de nuestra base biológica y los avatares de nuestra existencia. Y creo ser preciso utilizando la palabra "construimos", déjenme explicar. Todo empieza con el caudal de información externa e interna que nos traen los sentidos, los estímulos son captados provocando respuestas. Esto ocurre desde los niveles más básicos de la filogenia; la ameba mueve sus seudópodos hacia aquel estímulo atrayente y rehuye el medio hostil. Así en nuestra ontogenia nos vemos inmersos desde nuestro nacimiento, y aún antes, en un rico universo de estímulos, atrayentes, apaciguadores o repelentes.

Aquí se me permitirá una licencia histórico-didáctica. En este medio de sensaciones inmediatas imaginamos a los primeros homínidos, persiguiendo huellas de sus presas que remiten de forma inmediata al animal anhelado. Huella tras huella, estímulo tras estímulo, aquel antepasado persigue sin desfallecer al animal que le proporcionará alimento y otros bienes. En un momento oscuro en nuestra historia, aquel ser se detiene, observa la huella dejada por el animal apenas unos momentos antes y abandona momentáneamente la tiranía del estímulo-respuesta. Esta huella le remite a la presa sin estar presente esta. La evoca y la trae al presente. Asistimos así al nacimiento del signo.

Tras esta escena mítica, la historia nos habla de una evolución del signo hasta algo nunca visto en la evolución de las especies, que nos define y particulariza como seres humanos: la creación del lenguaje.

Reparemos en el concepto, verdaderamente revolucionario y nunca visto en la milenaria historia de la vida. El hombre, entre todas las especies animales, asigna de manera arbritaria a una grafía o sonido, un determinado significado. Sin relación de contigüidad, semejanza o de otra índole, simplemente por convención entre seres humanos. Así codifica la realidad para expresarla y expresársela (la digitaliza). El salto cualitativo arranca al ser humano de las leyes de la física y lo introduce en las leyes del sentido.

Antes de comenzar con el relato de los inicios del psicoanálisis me parece necesario reseñar varios puntos que considero imprescindibles para abordar el camino por el que acompañaremos a Freud: Primero recordar que tratamos de un clínico, un médico que diagnosticaba y trataba decenas de pacientes, por lo que sus teorías tienen el valor de basarse en una observación directa de los sujetos afectos de padecimientos sin aparente causa orgánica (todavía hoy conocidos como funcionales) que se dieron en llamar neuróticos precisamente a partir de su desarrollo teórico. Segundo, que el marco conceptual donde se mueve Freud es heredero de un enfoque cartesiano donde la relación básica causa-efecto prima, se busca el pensamiento riguroso y analítico en un terreno, por naturaleza, resbaladizo y oscuro. Abordó el análisis racional, propio de una ciencia natural, de una serie de fenómenos psíquicos que hasta entonces habían sido desdeñados (por ejemplo el mecanismo del chiste, los olvidos, los actos fallidos, etc.).

Creo ahora que estamos mejor pertrechados para acercarnos a la Viena de finales del XIX, donde Freud, discreto hipnotizador, no acaba de controlar la técnica revolucionaria que Charcot introdujo como tratamiento para una misteriosa dolencia, la histeria, que se había comenzado a individualizar y analizar científicamente. Sus experiencias con la hipnosis en el hospital de La Salpetriere y Nancy, lo ponen en contacto con ideas como la existencia de elementos del psiquismo que no están en la conciencia, intuición de la conexión de la histeria con la sexualidad y la importancia de la relación del hipnotizador con el paciente para producir o suprimir síntomas mediante el trance. De vuelta de su viaje a Francia, Freud invita a Breuer a publicar juntos un trabajo, naciendo en 1895 los Estudios sobre la histeria. Siendo curioso que aunque está bien documentado que tanto Charcot como Breuer reconocían la conexión de la sexualidad con la histeria, no permitían que este conocimiento se reflejara ni en sus teorías ni en su práctica clínica. Freud abordará el estudio de estas entidades clínicas desde un enfoque original y revolucionario.

Ya en los Estudios esboza por su parte una entidad nosográfica nueva: señala la llamada histeria como resultado de una defensa del psiquismo. El paciente produce síntomas y escinde su personalidad para llevar a cabo el rechazo de ciertas representaciones que se le hacen intolerables. Freud aventura que esas representaciones eran de contenido sexual. Pero ¿qué habría en lo sexual que pueda tornarse intolerable? En 1905 Freud intenta el comienzo de una respuesta a este enigma.

Enfoquemos, de nuevo, la mirada sobre nosotros mismos. El ser humano se encuentra dotado por la naturaleza para realizar muchas de las funciones básicas para su supervivencia y reproducción (comer, beber, respirar,…), estas capacidades le permiten interaccionar con el medio físico. Sin embargo debe construirse un aparato psíquico para lidiar con un mundo simbólico procedente de los adultos en que no se encuentra menos inmerso y comprometido. Este aparato se construye a través de complicadas relaciones intersubjetivas (que derivarán en intrapsíquicas) que conllevan poder quedarse estancado, favorecer defensas con más o menos sufrimiento aparejado, etc. Aquí recordamos la propiedad fundamental del símbolo lingüístico, marca y privilegio del hombre: que no tiene más relación con un significado en particular que la convención entre los seres parlantes. Así en nuestro mundo de símbolos nos encontramos sin objeto fijado y unívoco de nuestro deseo, con lo que comporta esa confluencia entre lo externo y lo interiorizado de aleatorio, conflictivo y problemático.

Enlazo ahora el párrafo anterior con la pregunta que dejé en el aire, ¿porque el sexo? Asistimos mediante el acceso al lenguaje a una revolución en cuanto a la transformación del instinto animal, determinado y regido por las leyes de la biología y la evolución, a la pulsión exclusivamente humana, sin objeto predeterminado, regida por las leyes del psiquismo. Resalto la importancia de esto, la pulsión carece de objeto dado de antemano, a priori no tienen meta definida, son puro impulso, potencia. No hay nada en ella que facilite la determinación de su objeto, aquello hacia lo que tiende (Lacán señalaría “la pulsión es acéfala”). Esto sería lo reprimido, el no saber del objeto de la pulsión. Enlazaría esto con la angustia esencial que nos apunta Heidegger, Hurssel y posteriores filósofos llamados existencialistas, derivando directamente de la condición de libertad propia del hombre. No conocemos nuestro sentido en el mundo, lo construimos, decidimos y somos, por tanto, responsables de nuestros actos.

Armados con nuestro aparato simbólico enfrentamos al mismo azar, al caos existencial. Entre pesares y amenazas ininteligibles nos alzamos en la tarea de forjarnos una historia, un devenir cuyo valor sólo puede ser juzgado desde uno mismo (juicios inmanentes señala Deleuze). A veces nos sucede como al aprendiz de mago, y acabamos atrapados en nuestros propios trucos, quedando paralizados en ellos. Usamos de esta magia continuamente, pactamos nuestra curación con los dioses, ejecutamos rituales al pié de la letra, pedimos bendiciones y maldecimos a nuestros enemigos, alzamos y derribamos ídolos. Por no hablar de cómo nos relacionamos con los otros, cómo los cargamos de fantasmas, dejamos de verlos, los vestimos con ropas de viejos personajes representando una y otra vez la misma obra cuyo fin conocemos. Aquello que funcionó es repetido, reforzado por el recuerdo afectivo de cómo nos sentimos en el pasado, poderosos, amados, valorados, protegidos… sentimientos de segunda mano que nos confortan y adormecen alejándonos del simplemente vivir. Lo que antaño funcionó es repetido, atrapándonos, restringiendo nuestra libertad, mermando nuestra espontaneidad, adoptando identidades que nos ahogan con su rigidez. Nos desconectamos de la vida, de nuestros deseos, adoptando deseos de otros, incapacidades y límites ajenos, como trajes usados. Olvidamos que nuestros límites están por escribir a poco que abandonemos el lenguaje del “ser” y adoptemos el del “devenir”.

martes, 13 de enero de 2009

Niños salvajes, el enigma de la crianza



Documental que describe el caso de Genie, la niña que provocó un debate durante los años 70 en psicología, ¿qué influye más en nuestro desarrollo, la herencia o el medio?

jueves, 8 de enero de 2009

¿ES UN PSICOTERAPEUTA UN SER HUMANO?


No sé si encontrarán esta pregunta lícita, u oportuna o racional. Tal vez piensen que sólo bromeo pero creo que si me siguen un poco, a pesar del tono algo ligero y juguetón de mi artículo, verán alguna justificación a esta pregunta. Les hablaré de lo que piden de un profesional de la psicoterapia distintas escuelas, prácticas y orientaciones; y sobretodo de lo que cabe, en mi opinión, que se pida un psicoterapeuta a sí mismo.

Creo que comenzaré por el psicoanálisis. El mismo Freud pone como uno de los pilares de su práctica la actitud de “espejo neutral” del analista, supuesta posición objetiva que devuelva mediante interpretaciones las proyecciones neuróticas del paciente. La “transferencia” establecida en el dispositivo analítico estaría posicionando al analista en el lugar de figuras importantes del pasado del paciente, casi siempre alguno de sus progenitores, por tanto debería cuidarse la “objetividad” por encima de este fenómeno neurótico. Esta postura está muy relacionada con el optimismo racional y científico de la ciencia de finales del XIX, que avanzaba a pasos agigantados gracias al método científico y el triunfo de la razón como solución a todos los males. Freud mismo pretende muchas veces tratar al “aparato psíquico” como un cirujano que extirpa un tumor, mediante interpretaciones certeras y a tiempo. Dentro de la amplia diversidad de facciones de psicoanalistas, para una mayoría en la evolución del pensamiento psicoanalítico esta postura quedó muy atrás, tanto en la concepción del propio Freud, como en la de muchos de sus seguidores más brillantes, desde Winnicott (abundando en la teoría objetal, que abre un punto de vista mucho más relacional del psicoanálisis), hasta Lacan (que estudia al Otro social introduciendo el estructuralismo y la lingüística en la teoría freudiana). Se introducen términos como “contratransferencia” o “deseo del analista”, para designar aquello que el analista aporta a la situación psicoterapéutica. Así se intensifica la importancia del “análisis del analista” en la formación del psicoanalista, lo que se estableció desde un principio como condición imprescindible para analizar, a pesar de que el mismo fundador de todo, Freud se tuvo que fiar de su propio autoanálisis sin supervisión. Mediante su propio análisis, se supone que el analista llega a librarse de gran parte de su carga neurótica (ya que el final del análisis es tema controvertido y de eterna disputa, pensaremos en términos de grado o gravedad de neurosis) para que así sus proyecciones no impidan atender a la realidad de lo que el paciente le presenta, evitando así que ambos anden dando palos de ciego inmersos en sus propios fantasmas transferenciales.

Bueno, abandonamos por un momento los nubosos caminos del inconsciente (ya sea personal o colectivo) para adentrarnos en las brillantes y definidas avenidas de la razón pura. Mediante la “reestructuración cognitiva” educaremos al paciente en lo que concierne a sus “ideas irracionales” reemplazándolas mediante nuestra argumentación (con ejemplos y esquemas) por creencias e ideas racionales que el terapeuta aprendió de sus profesores en psicoterapia o de los numerosos manuales existentes (podemos incluso encontrar lista de estas “creencias irracionales”). En esta orientación se da un gran valor a la razón humana, que, por tanto, debería ser una de las virtudes que destacaran en el psicoterapeuta de corte cognitivo. Esta capacidad se suele dar por supuesta y, la verdad, no tengo claro como se podría desarrollar más en una persona hasta el nivel de poder opinar con autoridad que los razonamientos de otro son defectuosos. Supongo que dicha autoridad procede de tratar con personas que sufren y piden ayuda a otros designados socialmente como “expertos en salud mental”, que están por supuesto libres de padecimientos psíquicos gracias a seguir los designios preclaros de la razón alumbrando “creencias racionales”. No me digan que estos super-hombres y mujeres no merecen un lugar destacado entonces en cualquier sociedad y justifican la pregunta inicial de mi artículo, ¿son sólo humanos?

Sin dejar del todo el cognitivismo, la rama conductista (casi nunca pura sino mezclada con técnicas cognitivas) se centra en una planificación educativa más contundente, podríamos decir. Aquí vemos todavía más claro el objetivo a alcanzar por la terapia y nos aplicamos a ello con esmero y diligencia. El objetivo supremo es la adaptación al medio. Este darwiniano objetivo se aplica tanto para el medio natural como para el social de forma que se traduce el sufrimiento en términos de grado de desadaptación al medio. Por supuesto este método es nefasto cuando cae en manos de gobiernos o instituciones de corte fascista, represor o dictatorial. Gracias a los cielos en occidente actualmente disfrutamos de gobiernos democráticos, libres y pluri-culturales en los que cualquier caso de falta de adaptación identifica claramente un caso de enfermedad mental de diferentes grados que pueden corregirse mediante infinitas variaciones del método premio-castigo. Por supuesto los campeones de este poder normativo deben ser las personas más respetuosas de la sociedad libre y democrática, entre los que inequívocamente se encuentran los psicoterapeutas.

A la terapia sistémica debemos agradecerle la introducción de las teorías cibernéticas en el estudio de las relaciones humanas. Mediante desarrollos a partir del psicoanálisis, sobretodo de la escuela de Sullivan, se internan en los sistemas familiares enfermantes interviniendo como factores nuevos que aportan salud, desactivan círculos viciosos de años de duración eludiendo triangulaciones y dobles vínculos. Para lograr estas hazañas suelen contar con un numero definido de consultas y todo un equipo que apoya desde la posición de espectador (tras un cristal normalmente) evitando los peligros de la circularidad mal manejada. Este conocimiento profundo sobre los vericuetos de las relaciones y la comunicación humana evita que se vean atrapados en situaciones que han apresado a familias enteras durante generaciones. Estas disciplinas son para estos psicoterapeutas un conocimiento técnico que puede enseñarse como una asignatura y luego entrenarse hasta hacerse uno experto en el manejo de situaciones conflictivas y paradójicas. Sin duda estos conocimientos son utilísimos tanto fuera como dentro de las consultas, haciendo de estos psicoterapeutas criaturas con especial facilidad para el trabajo en grupo y con familias particularmente sanas y felices.

Ya en general, dentro de la relación terapéutica suele recomendarse como mínimo establecer un cierto grado de empatía. Esto es, contar con cierta capacidad de ponernos en el lugar del otro y estar dispuesto a hacerlo. Dado el volumen normal de asistencia a una consulta de psicoterapeuta, por ejemplo, pongamos a unas diez personas al día siendo optimistas hablando de una institución pública, pedimos un verdadero despliegue de empatía a nuestro profesional, teniendo en cuenta el condicionante de que esta asistencia será universal y la patología de lo más variado. Así pedimos un verdadero derroche de plasticidad empática y capacidad de comprensión ante cualquier persona que reclame ayuda psicoterapéutica sean cuales sean sus aspiraciones o exigencias con respecto a la terapia, al terapeuta, a su marido o mujer, a sus hijos o al mundo en general. Esta capacidad empática, generosidad y capacidad de servicio al otro técnicamente recomendada en todos los manuales suele sostenerse algunas consultas e ir poco a poco diluyéndose si no tiene como base algún tipo de sentimiento sincero (¿se puede de verdad exigir esto a un ser humano?). A evitar estas relaciones insinceras pero técnicamente perfectas ayudaría, en mi opinión, ir atreviéndonos a descabalgarnos poco a poco de la posición de “experto en lo que necesitas” a pesar de que el paciente muchas veces nos aúpe y quede encantado de que alguien al fin sepa lo que necesita y decida por él. Entiéndanme que creo que esta posición a veces tiene su utilidad en el proceso terapéutico, pero si nos quedamos en eso es posible que la relación vaya poco a poco viciándose hasta el punto de ser poco útil, paralizante e incluso insufrible para uno o para ambos a menos que medie una gran cantidad de dinero, claro. El único antídoto que se me ocurre para evitar esto es ir introduciendo sinceridad hasta donde se pueda y tolere, según el propio arte y lo que se va aprendiendo en la experiencia vital y profesional, tornando la relación cada vez más real partiendo de la base de que alguien pide ayuda y otro recibe cierta compensación (normalmente económica) por intentar ayudarlo. Tener esto bien claro me parece un punto clave en la formación de cualquier psicoterapeuta en el que no se suele incidir primando e incidiendo la formación mucho más en otras facetas más “edulcoradas” o listando buenas intenciones y dando por supuesto que contaremos con los recursos emocionales para afrontar la angustia, la pena o el cuestionamiento por parte de otro.

jueves, 1 de enero de 2009

Recomendación de libro: ¿Qué nos hace humanos? de MATT RIDLEY


"Realmente, la naturaleza humana es una mezcla de los principios generales de Darwin, la herencia de Galton, los instintos de James, los genes de De Vries, los reflejos de Pavlov, las asociaciones de Watson, la historia de Kraepelin, la experiencia formativa de Freud, la cultura de Boas, la división del trabajo de Durkheim, el desarrollo de Piaget y la creación de lazos afectivos de Lorenz. Todas estas cosas se pueden encontrar en la mente humana. Ninguna descripción de la naturaleza humana sería completa sin todas ellas.

No voy a afirmar que éstos fueran necesariamente los máximos estudiosos de la naturaleza humana, o que todos fueran igualmente brillantes. Existen muchos, tanto muertos como aún por nacer, que merecerían figurar en la fotografía. David Hume, Emmanuel Kant, George Williams, William Hamilton y Noam Chomsky. También Jane Goodall, que descubrió la individualidad en los simios. Y tal vez también algunos de los novelistas y dramaturgos más perceptivos. (NdA: Esopo, La comedia del arte, Shakespeare, George Orwell, Philip K. Dick)

Voy a afirmar algo bastante sorprendente acerca de estos hombres. Tenían razón. No siempre, ni siquiera completamente, y no me refiero a que tuvieran razón desde el punto de vista moral. Casi todos se excedieron al proclamar sus propias ideas y criticarse unos a otros. Uno o dos de ellos alumbran, deliberada o fortuitamente, perversiones grotescas de política «científica» que perturbarán su reputación para siempre. Pero tenían razón en el sentido de que todos ellos aportaron una idea original con un germen de verdad en ella; cada uno colocó un ladrillo en el muro.

Pero —y aquí es donde empiezo a pisar terreno nuevo— es totalmente engañoso situar estos fenómenos en un espectro que abarque desde la naturaleza al entorno, desde lo genético a lo ambiental. En cambio, para comprender todos y cada uno de ellos, es necesario entender los genes. Los genes son los que permiten que la mente aprenda, recuerde, imite, cree lazos afectivos, absorba cultura y exprese instintos. Los genes no son maestros de títeres ni planes de acción. Ni tampoco son solamente los portadores de la herencia. Su actividad dura toda la vida; se activan y desactivan mutuamente; responden al ambiente. Puede que dirijan la construcción del cuerpo y el cerebro en el útero, pero luego se ponen a desmantelar y reconstruir lo que han hecho casi inmediatamente —en respuesta a la experiencia—. Son causa y consecuencia de nuestras acciones. En cierto modo los partidarios del «entorno» se han asustado absurdamente a la vista del poder y la inevitabilidad de los genes y se les ha escapado la mayor lección de todas: los genes están de su parte.

UNA PARADOJA ESTIMULANTE COMO CONCLUSIÓN

Matt Ridley no se limita a repasar los últimos avances e investigaciones que enriquecen el debate acerca del peso de la herencia y el entorno en los seres humanos. También propone hipótesis nuevas; alguna, en forma de estimulante paradoja. Durante siglos, comenta, los científicos han apostado por el optimismo de mejorar el ambiente, el entorno, para escapar de la dictadura de la herencia, dando por hecho que el ambiente es reversible, pero la herencia no. Imaginemos, añade, un planeta en el que ocurra lo contrario, que unas criaturas inteligentes no puedan hacer nada con respecto al ambiente, pero cuyos genes respondan con gran sensibilidad al mundo en que viven. Bien, concluye Ridley, ése es exactamente nuestro caso.
Un concepto básico a este respecto es el de impronta, concepto elaborado por Konrad Lorenz. La impronta es la fijación por ciertas figuras (especialmente, maternas o que hacen el papel de tales) que muchos seres adquieren en los primeros días de vida. La impronta parece ser instintiva, pues se muestra en un momento en el que no hay, prácticamente, experiencias. Sin embargo, siempre requiere algo externo en lo que fijarse. Es decir, la capacidad de absorber imágenes es innata, pero las imágenes adquiridas (por ejemplo, la madre a la que una cría de oca seguirá obsesivamente, o los múltiples patrones de comportamiento que puede adoptar un niño) no lo son.
El concepto de impronta, explica Ridley, ha pasado la prueba del tiempo; “es un elemento crucial para el rompecabezas que yo llamo la herencia a través del ambiente, y es el matrimonio perfecto de los dos”. La impronta se ve bastante bien en el caso del lenguaje. El lenguaje no se desarrolla simplemente siguiendo un programa genético, ni se absorbe del mundo exterior; requiere una impronta, una capacidad innata para aprender mediante la experiencia. Sin ella, “o todos hubiéramos nacido con un lenguaje fijo e inflexible que no se hubiera modificado desde la Edad de Piedra, o estaríamos sufriendo por volver a aprender cada construcción gramatical”.
Ciertos experimentos han demostrado la inextricable relación que existe entre instinto y aprendizaje. De hecho, en el aprendizaje trabajan los instintos (o más rotundamente, el aprendizaje es un instinto), y en el instinto hay algo de aprendizaje, como muestra la impronta. El miedo a las serpientes, tan arraigado en los seres humanos, tiene mucho de instintivo, pero puede ser evitado si en la infancia uno se familiariza con las serpientes. Sin embargo, ese miedo arraiga mucho mejor y de modo más duradero en personas (o monos) a las que se les enseña ese miedo, y no otros miedos absurdos, como pueda ser el temor a las flores o a las figuras geométricas. ¿Instintivo o adquirido? “La mente humana aprende lo que se le da bien aprender”, dice Ridley, aquello para lo que está dotada o programada.

¿QUIÉN TEME A LOS GENES? (CONCLUSIONES)

Sin duda, uno de los principales protagonistas de esta historia sobre aquello que nos hace humanos (y, en buena parte, sobre la libertad) son los genes. “Cuando se descubrieron - dice Matt Ridley- se encontraron con un sitio esperándoles en la mesa de la filosofía. [...] Eran el destino y la predestinación, los enemigos de la elección. Limitaban la libertad del hombre. Eran los dioses. No es de extrañar que tanta gente estuviera en su contra”. Recorriendo las teorías de gente como Darwin, Freud, Durkheim, Pavlov, Piaget o Konrad Lorenz, analizando los trabajos de Chomsky y
recordando los errores de Margaret Mead, y a la luz de investigaciones recientes llevadas a cabo por científicos poco conocidos por el gran público, Matt Ridley demuestra que no hay motivo para temer a los genes. Y resume su trabajo en unas moralejas. La principal es que los genes no impiden nada, sino que posibilitan;
y las posibilidades que nos dan los genes están abiertas a la experiencia. También sigue siendo importante ser buenos padres. Que la personalidad es fruto de un aptitud innata reforzada por la práctica (sólo la práctica nos hace jugar bien al tenis o tocar el violín, pero es la aptitud la que hace que nos apetezca practicar durante horas). Que cuanto más igualitaria es una sociedad más peso tienen en ella los factores innatos (por la razón obvia de que los factores ambientales tienden a igualarse). Que ni los genes ni los instintos son infalibles. Que las políticas sociales tienen que tener en cuenta las diferencias.
Y, en fin, que el libre albedrío existe y es compatible con un cerebro predefinido y dirigido por los genes.”

Extractos del Prólogo del libro “Qué nos hace humanos”, (Nature Via Nurture: Genes, Experience, and What Makes us Human) de Matt Ridley.

...Y ¡FELIZ 2009!